TREBALLS FETS A CASA

EL VIRUS000100020001 (1)

LAS LEYENDAS

AUTORA DIBUJOS E.M.R

AUTORA DIBUJOS O.S.J

LEYENDA 1-La caja ronca (Ecuador)

Según cuentan, en la ciudad de Ibarra había dos jóvenes amigos llamados Carlos y Manuel, a quienes el padre de Carlos decidió encomendar la tarea de acercarse al pozo para sacar agua y después ir a regar la huerta de patatas familiar. El encargo tenía cierta urgencia ya que la cosecha estaba a punto de estropearse, por lo que no importó que fuese casi de noche para enviar a los muchachos al recado.
Y ya con la noche sobre ellos los jóvenes se encaminaron a través de oscuras calles y callejones en dirección a la huerta, pero a medida que caminaban escuchaban un creciente e inquietante sonido de tambor, el sonido que acompaña el paso sincronizado de una procesión. Asustados por el extraño sonido Carlos y Manuel decidieron esconderse junto a una casa abandonada, escuchando cómo lo pasos se acercaban cada vez más y oteando el callejón a la espera de ver algo.
Para su sorpresa y horror los jóvenes contemplaron una fantasmal procesión de hombres encapuchados llevando velas en sus manos y cuyos pies no tocaban el suelo, y portando sobre sus hombros una carroza en la que iba sentado un ser demoníaco, con largos cuernos, dientes puntiagudos y unos fríos ojos semejantes a los de las serpientes. Tras la procesión iba un hombre sin capucha y con el rostro pálido como el de los difuntos, tocando monótonamente el tambor que los muchachos habían escuchado al principio. Fue entonces cuando ambos recordaron las historias escuchadas desde niños, aquel tambor era el que sus mayores llamaban la “caja ronca”.
La visión fue demasiado para Carlos y Manuel, que durante unos momentos perdieron el conocimiento a causa de la impresión, para despertar y descubrir con horror que cada uno de ellos sostenía una vela similar a la que portaban los procesionarios. Al contemplar las velas con mayor detenimiento vieron que se trataba de huesos humanos y a los pocos instantes todos los vecinos se despertaron oyendo los gritos de horror de ambos muchachos.
Tras haber sido encontrados en su escondite, temblando de miedo y murmurando palabras ininteligibles, los vecinos consiguieron calmarlos y tranquilizarlos antes de enviarlos de vuelta con sus familiares. Nadie creyó su historia e incluso el padre de Carlos les acusó de gandules y de no haber cumplido su tarea, siendo castigados por ello. Es obvio que ninguno de ambos volvió a salir jamás de noche.

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LEYENDA 2

Cuentan los yoruba* de Nigeria, en África, que al principio solo había un lugar húmedo y pantanoso. Arriba estaba el firmamento, donde Ol-orun, el Dueño del Cielo y Ser Supremo, vivía con otros dioses. A veces se descolgaban por las telarañas, que eran como escaleras transparentes, y descendían hasta la Tierra, para practicar los juegos de los dioses. Pero, para su desagrado, siempre acababan sucios y llenos de barro.

Aún no había hombres que pudieran servirles, porque la Tierra era demasiado blanda para sostenerlos, y se habrían hundido y ahogado.

Un día, Ol-orun, el Ser Supremo, convocó a Orisha Nla, Gran Dios, y jefe de todos los dioses, a su presencia.

—Haz que el suelo de la Tierra sea firme —le ordenó. Y le dio una concha de caracol que contenía un poco de tierra seca, una paloma y una gallina con cinco dedos.

El Gran Dios bajó al pantano, acotó un pequeño terreno y lo espolvoreó con la tierra seca del caracol. Luego puso la paloma y la gallina en el suelo, y las aves empezaron a escarbar en la tierra y a esparcirla. Pronto cubrieron la mayor parte del pantano y el suelo se endureció.

Cuando el Gran Dios informó al Ser Supremo, este envió al Camaleón** para que supervisara el trabajo. Tras la inspección, el Camaleón informó de que la Tierra era muy vasta, pero no estaba lo bastante seca. Volvió a descender, y esta vez informó de que ya se había secado.

El pequeño terreno donde la Creación había empezado se llamó Ifé, lo que significa «vasto» o «extenso», y luego se le añadió la palabra Ilé, que significa «casa», para dar a entender que aquella casa dio lugar a todas las demás casas de la Tierra. Desde entonces, la ciudad más sagrada del pueblo yoruba se llama Ilé-Ifé, y esta leyenda se cuenta aún para justificar su importancia. La creación de la Tierra costó cuatro días, y el quinto se reservó para la adoración del Gran Dios. Desde entonces el calendario yoruba cuenta con una semana de cinco días, cada uno de los cuales está consagrado a una divinidad.

El Ser Supremo volvió a enviar al Gran Dios a la Tierra para que plantase los árboles, que darían al ser humano comida y riqueza, y le entregó la semilla de la primera palmera, para que al crecer pudiera alimentarse con sus frutos. El Gran Dios plantó la palmera y otros árboles corrientes, y después hizo caer la lluvia sobre ellos.

Mientras, los primeros hombres habían sido creados en el Cielo y enviados a la Tierra. Parte de la tarea de hacerlos fue confiada al Gran Dios, que los modeló con barro y les dio sus rasgos. Pero el poder de dar la vida a aquellas figuras estaba reservado al Ser Supremo.

Se cuenta que el Gran Dios estaba celoso de ese poder, y que decidió espiar al Ser Supremo para ver cómo lo hacía. Así que un día, cuando había acabado de modelar las figuras humanas, se escondió cerca de ellas para poder espiar sin ser visto.

Pero nada escapa al Ser Supremo, que para eso es quien es. Sumergió al Gran Dios en un profundo sueño, y cuando este despertó el secreto ya se había manifestado y los seres humanos ya habían nacido a la vida.

Todavía hoy, el Gran Dios modela los cuerpos de los hombres y los de las mujeres, pero a muchos de ellos les deja unas marcas características, lunares o cicatrices con los que expresa su disgusto.

*Pueblo que vive en Nigeria, Togo y Dahomey. En el siglo xix fueron conquistados por los británicos y formaron parte de Nigeria. Destacan sus manifestaciones artísticas en bronce, marfil, terracota y madera.

**El camaleón es un personaje importante en muchos mitos africanos, a causa de sus cambios de color para acomodarse al entorno, su marcha lenta pero decidida y sus grandes ojos rodantes.

VICENTE MUÑOZ PUELLES: Cuentos y leyendas de la Tierra, Anaya.

LEYENDA 3

El abuelo iba a decir algo más, pero se calló y se oyó a lo lejos, como llamado por las palabras de Baldomero, el aullido largo y quejumbroso de un lobo.

Antoniña sintió un escalofrío.

–Ni miedo. Esa es la Lupa, que bien la conozco –dijo el abuelo–. En este bosque ya no hay lobos, sino es la Lupa, que los aldeanos de Froitas, brutos y supersticiosos, acabaron con ellos hace tiempo. Los mataron a todos.

Y añadió con tristeza:

–Y la Lupa de vieja se morirá cualquier día.

La niña se acercó a la lumbre con los ojos agrandados.

–¿Cómo es eso, abuelo? ¿Qué dices? ¿Y por qué la Lupa vive si es loba, y no la mataron como a los otros lobos?

–Porque la Lupa es solo medio loba y la protege un hada desde que yo era chico.

–Cuéntame, abuelo.

–Fue la novena de las nueve hijas del Tojo. Nació en Viernes Santo y luna llena. Por eso nació loba, que ya todos lo decían.

–Pero eso no puede ser.

El abuelo giró la navaja sobre el palo y sopló para quitar el polvo de madera. Dejó caer los brazos con la figura a medio tallar y miró largamente al fuego, como si en lugar de las llamas estuviese viendo a la Lupa o al Tojo y hubiera vuelto a Froitas medio siglo atrás, cuando en la aldea vivían unas cincuenta personas y él era un crío, más pequeño que su nieta.

–Claro que no puede ser –dijo al fin–, pero los cuentos de la gente se mezclan con la vida. Por eso, Antoniña, has de prestar mucha atención a lo que dicen.

–¿Y por qué la creyeron loba?

–Ocho hijas tenía el Tojo cuando su mujer, Ramona, volvió a quedarse preñada. Te voy a decir sus nombres, que no he olvidado ninguno: Rufina, Paca, Asunta, Mariana, Rosiña, Oliva, Sabela y Mariña. Todos deseaban un niño, un varón, el primero el Tojo, harto de tanta cría. Un varón que le ayudara en la herrería, que era herrero el Tojo. Y luego estaba lo de la leyenda de las meigas: si una criatura nace en Viernes Santo y luna llena y tiene ocho hermanas, todas hembras, será loba y no niña. Medio loba, al menos. Y mira, Antoniña, que la gente hizo verdadero el cuento.

Baldomero calló y siguió tallando. No supo su nieta si era sonrisa o pena lo que había en sus ojos. El frotado de la navaja se unió al crepitar de la lumbre. A la lluvia que rebotaba en el bosque negro, allá afuera, donde vivía la Lupa, vieja ya y medio loba, si es que era cierto lo que contaba el abuelo.

MÓNICA RODRÍGUEZ SUÁREZ: El círculo robles, SM.

 

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